Once jugadores y aficionados al futbol desaparecidos, diez hombres y una mujer que brillaban en la cancha o daban el alma por sus equipos. Sus familias los buscan y esperan su regreso. Desde que no están, dicen, sienten menos pasión por el juego.
El siguiente texto es un fragmento del trabajo de investigación realizado por A dónde van los desaparecidos, sitio que visibiliza la lucha de las personas, en la mayoría de los casos, de mujeres (madres, esposas, abuelas, hijas, hermanas) que buscan a sus seres queridos en un México plagado de violencia, aun cuando se intente ocultar detrás del balón.
Por Analy Nuño, Eui Chin Talamantes y Santiago Reyes
Ilustraciones: Rebeca Martínez Sánchez
Durante meses o años, sus fotos han sido difundidas por familiares en fichas de búsqueda. Sus rostros, junto con la leyenda “¿Dónde están?”, se han hecho presentes en las calles y en las redes sociales. Son personas desaparecidas de diferentes edades y profesiones, nacidas en distintos lugares de México, a las que une su pasión por el futbol.

La seguidora de Cruz Azul que cambió el futbol por el box
“Soy María del Rocío Fragoso Granada. Y ando buscando a Karen Estefanía Domínguez Fragoso. Ella es mi hija. Desapareció el 27 de octubre de 2018 —en la colonia La Tinaja de la alcaldía Cuajimalpa, en la Ciudad de México—. Tenía 23 años. Se fue a trabajar y era sábado; salía a mediodía. Sí llegó a trabajar, pero ya cuando salió, nadie sabe de su paradero”.
Karen Estefanía tenía dieciocho años cuando se metió al futbol. Saliendo de la prepa se iba a entrenar con el equipo Dos Ríos, con el que jugó dos partidos; un día, al volver a casa, le contó a su madre cómo una compañera más grande la empujó con fuerza y se cayó. “No, no te metas. Te van a lastimar. Te pueden cobrar un pie”, le dijo María del Rocío. Pero a ella le gustaba la adrenalina en los deportes, así como le encantaba viajar en su moto. “Pues mejor busca otra actividad que no sea esa, por lo mismo de que te pueden lastimar”, le pidió su madre, que temía por su hija, “tan delgada”.

“Y por eso ella buscó el box”. De mal en peor, según su madre. Pero a Karen le hacía feliz.
Un día, boxeando en una fiesta patronal, Karen pensó que se le caían los dientes. “Te los van a tumbar”, le decía María del Rocío, preocupada. Su hija la culpó por meterle ese miedo, porque lo que había visto salir de sus labios era su protector bucal. Igual siguió boxeando.
Cuando cursaba la prepa, Karen llegó un día emocionada a su casa porque se había aventado desde el tercer piso de la escuela en una tirolesa, como parte de un ejercicio de protección civil. Al día siguiente, dijo, lo volvería a hacer. “Era muy aventada”, recuerda su madre. Pero cuando se iba a tirar, llegó su maestra y le pidió: “No, Karen, dame chance. Yo quiero primero”. Se puso el equipo, se amarró, pero al lanzarse se rompió el lazo. La maestra cayó de la tirolesa; no sobrevivió. “Yo ya me había puesto el equipo y, como me insistió, pues se lo dejé”, le dijo Karen a su madre ese día.
El gusto por el futbol le nació de ver a sus tíos y a su padre, y también a los vecinos, que siempre andaban jugando. Cada ocho días organizaban las cascaritas. Eran devotos del futbol llanero. Así fue como empezó a patear el balón.
Karen veía los partidos con su familia. Su hermano le iba a las Chivas; ella y su papá al Cruz Azul. “Se peleaban con mi hijo y ya se imagina, cuando jugaban como rivales, peor”. Karen tiene su uniforme y los tacos —botines de futbol— del equipo de la Máquina Celeste.
Los hermanos que compartían la cancha
De no haber ido a jugar futbol aquel 16 de enero de 2020, quizá Jesús Daniel Sandoval León no estaría desaparecido, dice su hermana Paula. Fue la rutina de cada jueves, siempre a las nueve de la noche, en una cancha cercana a los abarrotes El Florido, al este de Tijuana, lo que probablemente permitió a sus captores saber cada movimiento de Jesús y de su hermano, a quienes se llevaron cuando llegaban de visita a la casa de sus padres después de un partido.
Siempre habían jugado, desde chiquitos, en equipos de futbol de alguna liguilla. Ya de grandes, no importaba qué tan saturada tuvieran de tareas la semana, siempre hacían un hueco para sumarse a partidos donde batían la cancha junto a primos, cuñados, y amigos de la misma colonia.
Hoy, Paula ya no recuerda ni cuál es el equipo favorito de sus hermanos. Entre menos sepa de futbol, mejor. “Lo cierto es que, por más aversión que tenga ahora hacia este deporte, el futbol no tuvo la culpa; la tuvieron las autoridades coludidas”, agrega la fundadora del colectivo Familiares Unidos Buscando a Nuestros Desaparecidos.

Las cámaras de videovigilancia muestran que los mismos hombres armados que bajaron de tres camionetas para detener a los hermanos estaban también afuera del campo de futbol vigilándolos, con ropa de civiles, y sin ponerse aún los chalecos antibalas con siglas de la Policía Federal que usarían minutos después, cuando se los llevaron, corporación que días antes había dejado de operar.
Un par de horas más tarde, Paula recibió una llamada de los secuestradores, una banda que actuaba en la zona —de la que se ha logrado detener a ocho personas—; pedían una gran suma de dinero. Como pudo, con los bancos cerrados y a altas horas de la noche, la familia consiguió el efectivo para el rescate, pero solo regresaron a uno; faltaba Jesús. Hasta la fecha, el hermano que fue liberado carga con profundas secuelas emocionales y psicológicas; es por eso que ha pedido resguardar su identidad.
“No, señora, nosotros no hicimos ningún operativo ni hemos detenido a sus hermanos”, le respondieron a Paula cuando marcó a la policía local pensando que todo se trataba de un malentendido.
A los pocos minutos de colgar, entró al celular de Paula una llamada de un número desconocido: “Ya nos dijeron que andan haciendo llamadas a las autoridades. No les va a servir de nada, nadie les va a ayudar. Nosotros le pagamos piso al gobierno para poder secuestrar aquí”.
Los secuestradores pedían más dinero para que Jesús regresara con vida. Mientras las negociaciones seguían, una patrulla con los logos de la Policía Federal, que nadie había solicitado, vigilaba la casa de la familia Sandoval.
A pesar de que entregaron el dinero del segundo rescate, Jesús, estudiante de derecho de 26 años cuando desapareció, aún no regresa. A veces portero, a veces delantero, desde los cinco años su mayor diversión era salir con su balón viejo y desgastado a la cancha. No le importaba que cada partido fuera la burla de su familia debido a que, por más ganas que le echara, su equipo siempre perdía.
Por eso, dice Paula, Jesús estaría feliz de que México sea una de las sedes del Mundial. “Lamentablemente no le tocó verlo. Y lo que más me molesta es que no es posible que una institución con tanto poder político y monetario como la FIFA, esté siendo tan omisa sobre lo que pasa en nuestro país. Si les interesara aunque sea un poquito, yo creo que tendrían el alcance para ayudarnos a visibilizar la ausencia de nuestros desaparecidos”.
El aficionado de las Chivas que se enamoró de una seguidora del Atlas
Planeaban casarse. Se conocieron hace catorce años, cuando José Luis trabajaba en un taller mecánico que estaba a la vuelta del negocio familiar de Gabriela, una cafetería. Un buen día, el joven de 26 años tuvo el ánimo suficiente para invitarla a salir, y pronto descubrieron que los unía la afición por el futbol. El único problema era que él le iba a las Chivas y ella al Atlas, dos rivales históricos de la ciudad de Guadalajara.
Gabriela se dio cuenta de que José Luis era el hombre indicado cuando, sin poner excusas, accedió a acompañarla al Estadio Jalisco, la casa de los rojinegros. Pero al vestirse no hizo concesiones porque, así como en la vida, en el amor hay que saber poner límites: jamás usaría la camiseta de su archienemigo.
“¿Qué vas a apostar?”, se preguntaban cada vez que los dos equipos se enfrentaban. Hoy, Gabriela ya no ve los partidos ni va a la cancha. Cuando viajaban fuera de Jalisco, procuraban visitar los estadios de los equipos locales: el Azteca del América, el Universitario de los Pumas, el Corregidora del Querétaro, y el Olímpico del Cancún. La idea era conocer el mayor número posible, pero también eso quedó pendiente.
La desaparición de José Luis Guzmán Rodríguez ocurrió el 25 de marzo de 2023 en el municipio de Zapopan, dos meses después de que pidiera la mano de Gabriela Valdivia Madrigal, y cinco antes de su boda, planeada para agosto. Aquel sábado no le tocaba trabajar, pero uno de sus clientes le ofreció dinero extra para que fuera a su casa, en la colonia Ciudad de los Niños, a reparar uno de sus carros.

La cámara de los vecinos captó a un grupo de nueve hombres vestidos de negro que entraron al domicilio unos segundos después que José Luis. Abrieron la cochera, guardaron la bicicleta en que llegó, y metieron la camioneta en que arribaron. Luego, de la cochera salió el mismo vehículo seguido de una moto y otra camioneta que robaron del domicilio; todo sucedió en menos de siete minutos. En alguna de esas furgonetas iba José Luis, quien hasta la fecha no se sabe dónde está. A pesar de que el cliente lo había contratado como mecánico desde hacía más de quince años, Gabriela asegura que aportó poca información y no quiso declarar sobre lo ocurrido.
Aunque agosto llegó y la boda no se celebró, Gabriela se refiere a José Luis como su esposo. Cuando tuvo que escoger una foto para la ficha de búsqueda que el colectivo Luz de Esperanza iba a difundir, José Luis salía en la mayoría de las imágenes con la playera de las Chivas. Tenía una por cada torneo que el Rebaño Sagrado iniciaba. Todas se las había regalado Gabriela en aniversarios, navidades y cumpleaños. Para la fecha en que debían casarse, las Chivas estrenaban el nuevo jersey rayado de la temporada 2023-2024. “A la mera hora, ya pasando la emoción de la boda y los preparativos”, supone Gabriela, “le hubiera regalado esa camiseta también”.
www.adondevanlosdesaparecidos.org es un sitio de investigación y memoria sobre las lógicas de la desaparición en México. Este material puede ser libremente reproducido, siempre y cuando se respete el crédito de la persona autora y de A dónde van los desaparecidos (@DesaparecerEnMx).